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Ferran Barbermoderator

 
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Member: Dec-21-2012
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Las guerras teológicas o cómo los cristianos orientales se desmarcaron de Roma

Dec-23-2012 at 01:08 PM (UTC+3 Nineveh, Assyria)

Last edited on 12/23/2012 at 01:08 PM (UTC3 Assyria)
 
De Ferran Barber en ASIRIOS en ESPAÑA y AMÉRICA LATINA (Archivos) · 

Iglesia asiria situada en los aledaños de la ciudad persa de Urmia. / Autor de la fotografía: Ferran Barber. Esta imagen forma parte de un documental dirigido por Barber. Puede visionarse pulsando AQUÍ.

El monasterio de Mor Awgyn es, ante todo, un verdadero nido de águila. Y este no es un caso excepcional entre los cenobios del sureste de Anatolia. Muchos de los monasterios de Tur Abdin fueron inicialmente dispuestos en espacios que ofrecían ventajas defensivas. Esta circunstancia, nada casual, guarda estrecha relación con dos cuestiones: la preferencia de los monjes por los lugares apartados y la persecución a la que los siriacos comenzaron a verse sometidos algo más de un siglo después de que, con arreglo a la tradición, Eugenio fundara su comunidad monástica en compañía de setenta discípulos.
 
Los monjes que evangelizaron Tur Abdin comenzaron las más de las veces por excavar enjambres de celdas a las que con el tiempo se añadieron edificios que acabaron deviniendo en fortalezas: mitad centro de oración, mitad castillos. Al abrigo de sus murallas y de sus torres de vigilancia soportaron clérigos y seglares jacobitas la embestida bizantina que a punto estuvo de barrerlos de la tierra.
 
Una temprana inscripción de Qartmin o Mor Gabriel habla de un grupo de monjes que se vieron obligados a tomar refugio en el monasterio llegado el año 534 a causa de una persecución. El mismo hecho de que al primer obispo siriaco-ortodoxo de Tur Abdin le dieran en 613 cuatro diócesis prueba, según el historiador Andrew Palmer, que las filas de esa iglesia se hallaban muy diezmadas como resultado del acoso de las huestes de Constantinopla, lo que viene a corroborar una vez más que los cristianos jamás necesitaron de árabes, mongoles, persas o turcos para reducir su propia población planetaria en el nombre de la ortodoxia de la fe. Musulmanes y paganos ayudaron, eso es cierto, pero aun sin su concurso, la historia del cristianismo mesopotámico y anatólico seguiría siendo un continuum de episodios de armas, desencuentros y violencia.
 
Y no está de más recordar a ese respecto que buena parte de las disputas que arrojaron a unos sobre otros acabaron conformando la personalidad doctrinal de dos de las tres iglesias por las que esencialmente se reparten hoy los caldeo-asirios. Curiosamente, los distintos contendientes teológicos acabaron enzarzándose en la pugna mientras trataban de dar con la fórmula de defender lo mismo.
 
¿Cómo se precipitó el divorcio? ¿Qué llevó a aquellos hombres a intercambiarse excomuniones, anatemas y acusaciones de herejía? Cuando hablamos, algunos capítulos más arriba, de la época de Cristo, se sugería ya que el cristianismo fue en sus inicios un movimiento heterogéneo y cuasi asambleario dotado únicamente de líderes carismáticos como los apóstoles, sus discípulos y los profetas-predicadores que les sucedieron.

A medida que aumentó el número de fieles, se advirtió, por una parte, la necesidad de organizarse mediante jerarquías y, por otra, la urgencia de crear mecanismos de cohesión doctrinal que impidieran que una religión con naciente vocación universal terminara convertida en una pléyade de credos con un débil sustrato común. Debido a las dos necesidades apuntadas surgieron, entre otras cosas, las primeras iglesias: estructuradas, jerarquizadas, pero, ¡atención!, todavía en comunión pese a su fuerte identidad local. Si la autoridad de los apóstoles y de otros discípulos emanaba del Señor, la de los nuevos cargos eclesiásticos derivaba del Espíritu.
 
Tres fueron inicialmente los grandes centros de irradiación de la fe y de discusión teológica: Jerusalén, la entonces siria Antioquía y Roma, que aún estaba muy lejos de conseguir su primacía. A ellos se añadieron la egipcia Alejandría y, muy posteriormente, la bizantina Constantinopla junto a otras ciudades como Edesa, de presunto rango inferior, pero de importancia singular para el desarrollo de la teología.
 
Mal que bien se resolvieron en los sucesivos sínodos episcopales y concilios las distintas diferencias doctrinales que entre ellas se fueron generando hasta que surgió la llamada controversia cristológica, suscitada por la necesidad de explicar la doble condición de hombre y Dios que se atribuye a Cristo.
 
¿Podéis imaginaros discutiendo acaloradamente con la vecina del noveno sobre sesudas cuestiones teológicas? Pues ésa era justamente la costumbre en aquella época temprana, según nos cuenta Manuel Sotomayor en un texto magnífico sobre las disputas doctrinales de los siglos V y VI: «A generaciones como las actuales, poco dadas a la metafísica y en muchos casos indiferentes ante el problema religioso, semejantes disquisiciones podrán parecerle bagatelas y, por tanto, poco o nada merecedoras de atención. Todo lo contrario sucedía en aquellos siglos. La filosofía era la expresión máxima de la cultura helenística y la actividad más apreciada por cuantos habían alcanzado un nivel cultural medio. Y la fe cristiana era la base sobre la que se sustentaba lo más íntimo de la vida de los individuos»...
 
Lo curioso del asunto es que el debate se libraba incluso fuera de los círculos intelectuales. «Tan alto grado de importancia alcanzó la especulación filosófica sobre materia religiosa que llegó a apasionar a las masas populares, a pesar de su escasa capacidad para entender su verdadero alcance», apunta Sotomayor acerca de ello.
 
Tenemos pues, ya a partir del siglo IV, un número muy respetable de comunidades cristianas, cuyos miembros veían en la religión algo consustancial a sus vidas; digna de discusión y, lo que es peor, merecedora de una apasionada toma de partido, hecho que, en última instancia, dificultaría aún más la labor de poner de acuerdo a los teólogos sobre la forma de enunciar una doctrina aún en fijación. Hasta ese mismo siglo, las principales desviaciones de la ortodoxia habían tenido que ver con la necesidad de preservar una concepción estrictamente monoteísta de la religión.
 
Los téologos se enzarzan a renglón seguido y a partir de ahora con uno de sus cabos sueltos. ¿Cómo se puede afirmar que Jesucristo es Dios sin sacrificar su parte humana y vicecersa? ¿Cómo pueden coexistir ambas naturalezas si es que en verdad tiene ambas naturalezas? Como veréis, la empresa era titánica, salvo que se recurriera a los inefables misterios de la Gracia o a las insondables profundidades del Espíritu. Lo que estaba en juego nada menos era la redención del ser humano, sustentada precisamente en esa doble condición de Cristo.
 
Apolinar el Joven comenzó por afirmar que su parte humana era incompleta, desviación condenada en el concilio celebrado en 381 en la ciudad de Constantinopla. La reacción contraria inicialmente enunciada por Teodoro de Mopsuestia fue después reformulada por un monje de la escuela de Antioquía que acabaría dando nombre peyorativamente a la Iglesia de Persia, del Este o Asiria: Nestorio. De acuerdo a la visión teológica del que llegó a ser patriarca de Constantinopla, tan completa era la naturaleza humana de Jesús que en realidad en él habitaban dos personas: en virtud de una era Dios y, gracias a la otra, hombre. Pero aún había más. De acuerdo a su doctrina, la Virgen María no era la madre de Dios, sino del hombre. «Nadie puede alumbrar a alguien que es anterior a él», se decían sus partidarios.
 
Tal y como explica Juan Nadal Cañellas en un libro dedicado íntegramente a estas iglesias orientales, en el cielo puso el grito el pueblo llano al saber de semejante afirmación. ¿Cómo puede decirse que la Virgen no dio luz a Dios? Y un pasito más allá, los teólogos añadieron: ¿cómo podemos seguir sosteniendo que Dios se hizo carne, San Juan dixit, si en Jesús habitaron dos personas diferentes? Un concilio celebrado en Efeso en el año 431 bajo los manejos de San Cirilo de Alejandría arruinó a Nestorio y condenó sus tesis sin acabar con quienes las compartían. Nestorio murió en prisión nueve años después, pero muchos de sus seguidores se hicieron fuertes en torno a la escuela teológica de Edesa. Cuando el emperador Zenón la clausuró, en 489, salieron huyendo hacia el Imperio Persa, enemigo declarado de Roma. La hoy llamada Iglesia Asiria, Persa o del Este ya nunca volvería a estar en comunión con Roma.
 
Hasta el siglo VII no le reconocieron a Nestorio su condición de doctor de la iglesia, pero sus enemigos ya les habían colgado el sambenito con el que hasta hoy han sido conocidos y con el que yo de vez en cuando les designo para facilitar la comprensión de mi relato: nestorianos. Las dos principales, aunque no únicas razones, por las que la Iglesia del Este rechaza esa denominación son obvias. Por un lado, su existencia es anterior a Nestorio (de acuerdo a la tradición, se remonta a tiempos apostólicos) y, por otro, la doctrina se sustentan menos en las tesis de ese monje que en las de Teodoro de Mopsuestia.
 
Algo después de los sucesos narrados, el divorcio nestoriano abrió las puertas de otro cisma que, en este caso, terminaría definiendo la personalidad doctrinal de la actual Iglesia Siriaco-Ortodoxa. Resulta cuando menos llamativo el hecho, explicado también en el libro de Nadal Cañellas, de que tuviera su origen en los mismos pupilos de San Cirilo de Alejandría, el enemigo de Nestorio. Lo que había resuelto éste para refutar sus tesis es que es que en Jesús había dos naturalezas, la humana y la divina, pero en una única persona.
 
Escasamente convencido de que esa fuera la fórmula correcta, su propio sucesor al frente del patriarcado de Antioquía, Dióscoro, enunció una primera réplica. En su opinión, hablar de dos naturalezas era sinónimo de facto a hablar de dos personas. Por el contrario, sostenía, la parte humana de Jesús quedó asumida tras la unión por la divina. Ésa era finalmente su única naturaleza. O, al menos, eso entendieron erróneamente sus adversarios doctrinales. De ahí que en este caso les colgaran la etiqueta de monofisitas, uno de los nombres con el que aún hoy son conocidos a su pesar los siriaco-ortodoxos.
 
En octubre del año 451 se celebró un encuentro de hombres de iglesia en cuyo transcurso se terminó fijando la doctrina católica. Lo que se resolvió en Calcedonia fue, esencialmente, que Cristo existía «en dos naturalezas» independientes y plenas unidas en una única persona. De paso, se condenó el monosifismo (una persona y una naturaleza divina donde había quedado absorbida la humanidad de Cristo) y se recordó lo errado del credo nestoriano (dos personas y dos naturalezas independientes: la divina y la humana).
 
Naturalmente, el sínodo no acabó con el monofisismo y del mismo modo que continuó habiendo nestorianos tras el concilio de Efeso, siguió habiendo siriacos renuentes a aceptar las tesis calcedónicas y decididos a extender su particular visión de la ortodoxia después de Calcedonia. Lo que había sido inicialmente una discusión religiosa estaba a punto de convertirse en un problema político de primer orden, en un auténtico quebradero de cabeza para los emperadores de Bizancio.
 
Merced, curiosamente, a las gestiones de la esposa de uno de esos monarcas, Teodora, se consagró como obispo de Edesa en 543 al monje que terminaría dando un nombre alternativo a los herejes monofisitas: Jacobo Baradai. Mientras su marido, Justiniano, intentaba reconciliar a los partidos discrepantes en su propio beneficio, ella apoyaba clandestinamente a los díscolos movida por sus simpatías.
 
El díscolo entre los díscolos era el referido monje. Lo de baradai, un término arameo que significa pordiosero, se lo añadieron por el aspecto desaliñado con el que recorrió su tierra ordenando sacerdotes y captando adictos para la causa. Como personaje «excepcional» lo describe Manuel Sotomayor, de quien dice también que era un «infatigable predicador, misionero y reorganizador de la Iglesia Siriaca Monofisita, desprovista entonces de obispos, depuestos por órdenes de los emperadores bizantinos, dispuestos a impedir toda rebeldía contra lo dispuesto en el concilio de Calcedonia».
 
Tampoco en este caso habría ya reconciliación. A excepción de algunas deserciones puntuales como la de aquel monje siriaco de Mardin llamado Abdul-Gal-Ahijan, convertido en 1662 al catolicismo, la situación se mantendría sin cambios hasta nuestros días... Y, con él, las persecuciones de las que al principio hablábamos. Salió el mono asesino. Afloró la violencia ideológica. Declarados abiertamente enemigos del imperio, los ocupantes del trono de Constantinopla no les darían tregua, lo que explica el trato de privilegio que recibieron por parte de los persas cuando el rey Cosroes le arrebató a Bizancio, a inicios del siglo VII, las provincias orientales. Comienzan a menudear también las componendas.
 
Definitivamente marginados por el Imperio Bizantino, monofisitas y nestorianos comenzaron a competir por el mercado de almas persa, en liza con los zoroastrianos. Más tarde se verían obligados a medirse con los musulmanes, cuyo credo arribó hasta Antioquía y Edesa, en 638 y 640, de mano, como es sabido, de los árabes.
En el divorcio influyó de forma muy significativa las diferencias idiomáticas. Unos hablaban griego (los bizantinos) y otros, siriaco o arameo (los nestorianos y los jacobitas a los que los caldeo-asirios tienen por sus antepasados). Si lo queréis de otro modo, existen razones de peso para pensar que los distintos contrincantes teológicos no entendieron bien a sus adversarios.
 
Mucho contribuyó también a agrandar sus diferencias los intereses políticos de los entonces dueños de esa parte del planeta (persas y romanos), amén, por supuesto, de las ambiciones personales de los líderes religiosos, borrachos a menudo del poder y dignidad que les otorgaba el cargo; dispuestos, en ocasiones, a degollar y ser degollados por aquella sede patriarcal o este obispado.
 
¿Tan mundana fue la pugna? Únicamente en parte. Por ilustrar de forma más concreta y un modo más benevolente aquella bronca, es obvio, por ejemplo, que Jacobo Baradai no se echó a los caminos movido por algo diferente a una creencia sincera en la bondad de su misión evangelizadora. No resulta difícil evocarlo dejando atrás Edesa a pie para extender la fe ortodoxa en un Dios benefactor y piadoso; no resulta difícil imaginarlo caminando camuflado con harapos para no ser prendido por los agentes del emperador que le buscaban por tierras de Alejandría y Antioquía, ni admirarlo y recrearlo ordenando obispos y diáconos en el nombre de un puñado de certezas, los únicos pertrechos que llevó consigo en la mochila inmaterial de su conciencia.
 
Gracias a sus proezas se extendió esta iglesia por el imperio persa en perjuicio de la Iglesia del Este. Y merced a la enemistad de sus correligionarios con sus perseguidores bizantinos, los iraníes les confiaron las diócesis de Edesa y Tur Abdin cuando sus huestes entraron en tropel por las provincias romanas orientales, medio siglo más tarde.
 
¿Cómo se efectuó el relevo? En 609 cayó Edesa en poder de los persas y cinco años después, Jerusalén. Los nuevos amos de Mesopotamia pensaron inicialmente en sustituir a los obispos de Constantinopla por religiosos de la Iglesia del Este. La estratagema no dio, sin embargo, resultado porque la mayoría de fieles que habitaban el territorio bizantino arrebatado eran monofisitas y tenían a los nestorianos por herejes.
 
Oportuna y sabiamente, los conquistadores optaron al final por reemplazar el clero de Constantinopla por los hoy llamados siriaco-ortodoxos. Si de algo podían estar seguros, es de que no iban a conspirar del lado de quien tan duramente los había perseguido durante el siglo precedente.
 
Curiosamente, el caso de Mor Awgin, el monasterio donde terminamos recalando junto a Íñigo aquella soleada tarde otoñal de 2003, fue desde el principio un caso excepcional debido a su ubicación. La cesión de Nusaibin a los persas en 363 iba a redibujar de nuevo las fronteras y a dejar el lugar fuera de la tutela de Roma, lo que, en última instancia, puso el cenobio en manos de la Iglesia del Este. A ella perteneció desde su fundación y hasta 1504, como evidencia el hecho de que las iglesias que contiene carezcan de las características naves transversales de los siriaco-ortodoxos que se enseñorearon de la serranía.
 
Por razones de prestigio, la tradición intenta hacer de Awgyn o Eugenio un discípulo de San Antonio (250-356), el campesino egipcio a quien erróneamente se atribuye la creación del monacato cristiano. Antonio vivió veinte años en un castillo abandonado en el desierto antes de instalarse en una montaña cercana al mar Rojo, donde combatió al diablo hasta pasada la centena. La hagiografía que de él hizo Atanasio de Alejandría lo convirtió en modelo y paradigma de la vida eremítica, lo que explica, por otra parte, la insistencia con la que buena parte de los monasterios de Tur Abdin tratan de conectar su fundación a su persona o a la de alguno de sus seguidores egipcios, en lugar, por ejemplo, de vincularla a la de cualquiera de los anacoretas sirios.

© Ferran Barber / 2006 / Este artículo forma parte del libro En busca de los últimos cristianos de Irak e Irán, Barrabés Editorial, Ferran Barber (2006).

FERRAN BARBER
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Assyria \ã-'sir-é-ä\ n (1998)   1:  an ancient empire of Ashur   2:  a democratic state in Bet-Nahren, Assyria (northern Iraq, northwestern Iran, southeastern Turkey and eastern Syria.)   3:  a democratic state that fosters the social and political rights to all of its inhabitants irrespective of their religion, race, or gender   4:  a democratic state that believes in the freedom of religion, conscience, language, education and culture in faithfulness to the principles of the United Nations Charter — Atour synonym

Ethnicity, Religion, Language
» Israeli, Jewish, Hebrew
» Assyrian, Christian, Aramaic
» Saudi Arabian, Muslim, Arabic
Assyrian \ã-'sir-é-an\ adj or n (1998)   1:  descendants of the ancient empire of Ashur   2:  the Assyrians, although representing but one single nation as the direct heirs of the ancient Assyrian Empire, are now doctrinally divided, inter sese, into five principle ecclesiastically designated religious sects with their corresponding hierarchies and distinct church governments, namely, Church of the East, Chaldean, Maronite, Syriac Orthodox and Syriac Catholic.  These formal divisions had their origin in the 5th century of the Christian Era.  No one can coherently understand the Assyrians as a whole until he can distinguish that which is religion or church from that which is nation -- a matter which is particularly difficult for the people from the western world to understand; for in the East, by force of circumstances beyond their control, religion has been made, from time immemorial, virtually into a criterion of nationality.   3:  the Assyrians have been referred to as Aramaean, Aramaye, Ashuraya, Ashureen, Ashuri, Ashuroyo, Assyrio-Chaldean, Aturaya, Chaldean, Chaldo, ChaldoAssyrian, ChaldoAssyrio, Jacobite, Kaldany, Kaldu, Kasdu, Malabar, Maronite, Maronaya, Nestorian, Nestornaye, Oromoye, Suraya, Syriac, Syrian, Syriani, Suryoye, Suryoyo and Telkeffee. — Assyrianism verb

Aramaic \ar-é-'máik\ n (1998)   1:  a Semitic language which became the lingua franca of the Middle East during the ancient Assyrian empire.   2:  has been referred to as Neo-Aramaic, Neo-Syriac, Classical Syriac, Syriac, Suryoyo, Swadaya and Turoyo.

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