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Islam, Sharia y democracia

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Ferran Barbermoderator

 
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Member: Dec-21-2012
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Islam, Sharia y democracia

Dec-21-2012 at 11:00 AM (UTC+3 Nineveh, Assyria)

Last edited on 12/23/2012 at 12:49 PM (UTC3 Assyria) by Ferran Barber (moderator)
 
De Ferran Barber en ASIRIOS en ESPAÑA y AMÉRICA LATINA (Archivos) · 

Una muchacha asiria de Urmia (Irán), descubre su cabello en el interior de la iglesia de Santa María. / Autor de la fotografía: Ferran Barber

¿Interpretan las mujeres, cristianas o no, la obligatoriedad de usar pañuelo como una agresión directa a sus libertades individuales? Obviamente, las opiniones son dispares. Hay quien entiende que el velo es uno más de los instrumentos mediante los que vienen siendo subyugadas dentro de sus misóginas sociedades y quien ve en el hiyab un símbolo de la lucha que sostiene el mundo musulmán contra la cultura occidental. Hasta entre las féminas más emancipadas de los países islámicos hay quien considera que su uso es una forma de resistencia frente a otro intento de imposición cultural: el que apadrinan europeos y norteamericanos apelando a su etnocéntrica concepción del mundo. Claro que de ahí a equiparar sin más la práctica de cubrirse el cabello o el rostro con una manifestación de la idiosincrasia y la cultura de algunas sociedades orientales va un largo trecho.
 
Como bien saben los asirios de Irán, este precepto, de obligado cumplimiento en su país, es sobre todo, y al margen de su grado de aceptación, una muestra más de la incapacidad de estas sociedades orientales para separar política y religión, además de un reflejo de la desigualdad de género que consagra el Islam.
 
Incluso muchos de los Estados árabes más aparentemente secularizados siguen manifestando mayor preocupación por el pañuelo islámico que por el analfabetismo o la marginación de la mujer. En buena parte de las televisiones musulmanas se continúa prestando más atención al comportamiento social y sexual de sus ciudadanas que a sus problemas económicos. No es de extrañar, por lo tanto, que las afganas de la organización Rawa convirtieran el maquillaje en una forma de resistencia o que hicieran de las peluquerías clandestinas la base de operaciones de sus actividades subversivas. Por el mismo motivo, cuando las iraníes dejan asomar un pedazo de tupé bajo el pañuelo o deciden estrechar un poco más sus guardapolvos hacen, en realidad, política, como también la hizo la abogado Ebadi en 2003 al acudir a recoger sin velo el premio Nobel de la Paz.
 
Al igual que otros muchos musulmanes, esta iraní entiende que la discriminación de las mujeres no es producto de la recta aplicación de los preceptos del Islam, sino de la costumbre, «de una cultura patriarcal secular»... Salta a la vista que sostener lo contrario es, además de irreverente, políticamente incorrecto. Sostener lo contrario equivale, de hecho, a asegurar que la Sharia, la Ley Islámica, es incompatible con los derechos humanos y la democracia o, si se prefiere de otro modo: sostener lo contrario obliga a aceptar la idea de que una sociedad no puede ser al mismo tiempo escrupulosamente respetuosa con el Islam y con los valores laicos de las democracias occidentales. Por indigesta que resulte semejante afirmación, ésa es, sin embargo, la realidad; ésa es, a juicio de este periodista, la conclusión a la que llegará cualquiera que aparque los cánones de la corrección política y analice el tema a la luz de la razón. El asunto es, como poco, apasionante porque esta cuestión explica en parte la conducta colectiva de ciertos sectores de las sociedades musulmanas a los que el grueso de los occidentales calificaríamos sin dudar de radicales, fundamentalistas, reaccionarios o cualquiera de esos adjetivos mediante los que se acostumbra a subrayar la obstinación cerril e irracional de algunos humanos.
 
Entender las razones por las que la aplicación estricta de la Sharia se revela incompatible con el modelo occidental de democracia nos obliga, de entrada, a recordar las circunstancias en las que el Corán fue revelado a Mahoma y la significación y alcance de las enseñanzas que él contiene.
 
En primer lugar hay que decir que, a diferencia de la Biblia, el Corán es considerado por los musulmanes como un dictado sobrenatural recogido por un profeta con la mediación del arcángel Gabriel. El Corán no expresa la voluntad de Dios de acuerdo a la transcripción más o menos ajustada que llevaron a cabo en épocas diversas un grupo de humanos; es la palabra de Dios misma.
 
La única versión oficial de ese texto sagrado universalmente aceptada fue redactada en 652, durante el gobierno del califa Otmán, con arreglo a las revelaciones recibidas y transmitidas por Mahoma, quien había fallecido veinte años antes. La obra consta de 6.226 versículos agrupados sin orden ni concierto en 114 suras o capítulos. Cuanto contiene es un dogma absoluto de principio a fin, la fuente fundamental de la fe de sus creyentes. Tal y como afirma Eric Santoni, «los fieles de esa religión contemplan la historia del mundo, las relaciones de los hombres con Dios y entre ellos mismos a través de ese libro sagrado».
 
En segundo lugar, es importante precisar que el Corán no es tan sólo para los musulmanes una referencia religiosa. Contiene, además, un código de vida revelado. No sólo dice a sus creyentes en qué deben creer, sino que además prescribe qué deben hacer. «Durante los diez primeros años de predicación de Mahoma –escribe Santoni en El Islam-, puede ser considerado como un simple profeta que predica una religión monoteísta con una clara influencia bíblica <…>. Con la Hégira y su asentamiento en Medina, en el año 622, inicio del calendario islámico, el apóstol se convierte en el jefe de la comunidad y de la nueva religión, en la Ley. Y el Corán, palabra de Dios, pasará a cumplir a partir de ese momento la función de estatuto de la ciudad. En él se deben recoger los derechos y deberes públicos y privados, desde la legislación laboral, hasta la reglamentación matrimonial, las ordenanzas fiscales, militares o el derecho a la propiedad».
 
Posteriormente, como consecuencia de la rápida expansión del Islam y de las nuevas formas de vida a las que sus seguidores tuvieron que enfrentarse tras la muerte de Mahoma, los fieles de esa religión se vieron obligados a dotarse de nuevos instrumentos. El Islam aspira a regular todos los aspectos de la existencia individual de las personas y el Corán se revelaba insuficiente para dar respuesta a las cuestiones que planteaban los tiempos. Para resolver ese problema, comenzaron a recuperarse los dichos del profeta no contenidos en la revelación, el Hadiz, además de sus conductas y actitudes ante situaciones semejantes (la Sunna). En palabras de Santoni, la Sunna vino a llenar todos los huecos que no cubría el libro sagrado y se convirtió, a la postre, en el segundo pilar de la Sharia o Ley Islámica. Y así hasta el día de hoy.
 
«De acuerdo a lo dicho, el objetivo último de cualquier musulmán es el establecimiento de la ley coránica que rige tanto los vínculos entre los hombres y Dios como entre ellos mismos. En el Islam no hay iglesia, ni sacerdotes, ni jerarquías a la manera cristiana; sólo existe una comunidad o umma que tiende a confundirse con el concepto de estado», afirma Santoni en el citado libro, al tiempo que añade: «No deja de ser curioso, a ese respecto, que la palabra con la que designan comunidad (umma) signifique a la vez nación».
Por el mismo motivo, «entre los musulmanes no puede ni debe haber conflictos entre los asuntos temporales y los espirituales». No debería haber conflictos, ni separación... De hecho, como sostiene Louis Gardel, los musulmanes no pretenden distinguir entre lo temporal y lo espiritual, «sino adecuar lo secular a los fundamentos de las normas divinas».
 
¿Qué conclusiones podemos extraer acerca de las incompatibilidades manifiestas entre Islam y democracia? La primera es que el Corán, en tanto que palabra de Dios, en tanto que dogma absoluto, no puede ni debe estar sujeto a interpretaciones ni a negociaciones; la voluntad de Dios, memorizada y transmitida por Mahoma, no puede modificarse de tanto en tanto para adaptarla a los nuevos sistemas de valores recurriendo, para ello, a ardides dialécticos o de otra índole. Para entendernos, los preceptos de la Sharia, de la Ley Islámica, cuyas fuentes principales son el Corán y la Sunna, deben ser interpretados y aplicados al pie de la letra.
 
Y ello equivale, por repugnante que nos resulte tal idea, a bendecir un trato jurídico y social diferente en función del género o la religión del ciudadano; a condenar la libertad religiosa, de pensamiento o de expresión y a aceptar la supremacía de las leyes divinas sobre las civiles incluso en aquellos casos en las que las primeras colisionan abiertamente con los derechos más elementales del ser humano.
 
La doctrina cristiana, las distintas doctrinas cristianas de las distintas iglesias cristianas, se ha ido fijando a lo largo de los siglos tras contiendas teológicas y concilios. La Biblia que hasta nosotros ha llegado, la vulgata, es, salvo unos pocos cambios, el mismo libro de libros que Jerónimo tradujo al latín a finales del siglo IV por encargo del papa Dámaso. Pero el cristianismo dispone de los mecanismos y las instituciones necesarias para responder a los problemas planteados por los nuevos tiempos sin traicionar las Sagradas Escrituras. Tampoco hay nada esencial en su doctrina que impida relegar la religión a la esfera de lo privado, lo que explica, entre otras cosas, que, aunque también con problemas, los países cristianos hayan encontrado el modo de separar religión y estado.
 
A inicios de 2006, el mundo ha contemplado atónito el modo violento en que han respondido algunos musulmanes a la publicación de unas viñetas humorísticas sobre Mahoma en un diario danés. Tan cierto es que la reacción ha sido desproporcionada de acuerdo a esos valores sociales democráticos compartidos por parte del planeta, como que muchos de esos fieles que se echaron a la calle, manipulados o no, espoleados por terceros o no, utilizados o no con fines espurios, se limitaron a actuar como buenos musulmanes y a expresar, en este caso de un modo violento, la ira que les produjo un ataque contra su religión. Es decir, que pueden ser considerados con justicia unos malos ciudadanos, pero no unos malos musulmanes. Por el mismo motivo, los católicos que se oponen al matrimonio homosexual pueden ser calificados de retrógrados, crueles o cuantos epítetos se juzguen apropiados, pero no de malos cristianos, puesto que la doctrina católica proscribe semejante práctica.
 
La confusión, no obstante, suele ser común porque se espera de la Iglesia, y en general, de los distintos credos religiosos, que actúe a la manera de un partido, sindicato o club de jubilados; que modifique de un día para otro su doctrina de acuerdo a los valores sociales imperantes como quien reforma un estatuto interno o un reglamento.
 
Hay quien aduce, por otra parte, que las altas jerarquías eclesiásticas han traicionado el espíritu de los Evangelios. En tales casos, suele acompañarse el reproche de una propuesta nueva de interpretación de las Escrituras mucho más amable y conforme a los valores progresistas contemporáneos. Detrás de semejante crítica se oculta el mismo error de apreciación. Quienes sostienen tal idea olvidan que decirse católico, presbiteriano, sintoísta, budista o chií duodecimano comporta, entre otras cosas, la aceptación del sistema de valores de la religión que se profese, de sus reglas de funcionamiento interno, de la doctrina que se haya ido fijando a lo largo de la historia, de los deberes que se imponga a los creyentes y de las jerarquías y estamentos que, eventualmente hayan podido crearse. Decirse católico y aplaudir el divorcio, el matrimonio homosexual y el aborto es como decirse comunista y neoliberal.
 
El asunto es sobre todo relevante para entender la forma de pensar de la mayoría de los musulmanes y cristianos que hallamos a nuestro paso; para entender cómo funciona el pensamiento religioso y la conducta social en esos países donde la religión ocupa todavía un lugar preeminente en el corazón de las personas. No pocos de los hombres y mujeres que conocimos durante nuestro viaje eran, sobre todo y antes de nada, genuinos creyentes de distintas religiones: musulmanes que ayunaban en Ramadán; jacobitas que acudían cada domingo a misa; nestorianos que leían a diario la Biblia y caldeos obstinados en cumplir con los preceptos de su credo.
 
Hacen, o hacemos, bien los demócratas al rasgarnos las vestiduras en defensa de la libertad de expresión y al criticar abiertamente el modo violento en que ésta trata de ser coartada en ocasiones; hacen bien al condenar la actitud de esos musulmanes que han salido a las calles de Damasco y otras ciudades orientales a quemar embajadas escandinavas. Pero estos musulmanes cuya conducta reprobamos, antes que radicales, son musulmanes a secas, auténticos fieles de una religión que, de entrada, y al igual que el judaísmo, induce en sus creyentes una profunda nausea por la representación iconográfica de Dios y su profeta, un profundo rechazo a la libertad de expresión y pensamiento cuando esta se utiliza para cuestionar sus dogmas.
 
¿Estoy tratando de justificar su proceder al recordar ese hecho cierto? Obviamente, no. Lo que intento, en realidad, es subrayar las flagrantes contradicciones que plantea a menudo en Oriente Medio el deseo de sus gobernantes de armonizar los valores democráticos y el pensamiento religioso de los sectores más piadosos de su ciudadanía. Adviértase, por ejemplo, la paradoja que conlleva aprobar una Constitución presuntamente democrática e incluir al mismo tiempo entre sus principios inspiradores y rectores el Corán, un libro religioso que consagra ya de entrada, no me cansaré de repetirlo, un trato desigual en función del género del ser humano o del credo al que está adscrito. Por ilustrarlo de otro modo, ¿cómo puede reconocerse, de una parte, la libertad de expresión y aseverarse, por otro lado, que el ordenamiento jurídico debe estar acorde a una serie de verdades reveladas hace más de un milenio de acuerdo a las cuales está prohibido entrometerse en los asuntos religiosos? Y el hecho cierto es que veinte de los veintiún países árabes reconocen en sus respectivas constituciones que el Islam es la religión del Estado y que la Sharia, la ley islámica, es la fuente esencial de su legislación. Muchos de ellos, además, han establecido legalmente que los jefes de sus estados deben ser necesariamente musulmanes, pese a lo cual no dudan en calificar sus modelos de gobierno como democracias, democracias inculturadas a la musulmana. Ni siquiera la democracia apadrinada por los norteamericanos en Irak es completamente secular. También en este caso se ha reconocido la superioridad de las normas coránicas sobre el ordenamiento jurídico civil. Naturalmente, semejante embrollo es el claro resultado de una componenda redactada a calzador para contentar a todas las partes en liza.
 
A tenor de lo dicho hay que concluir también diciendo que, definitivamente, no es cierto que, tal y como señalaba la premio Nobel de la Paz iraní, la discriminación de las mujeres sea únicamente el resultado de una cultura secular, de las costumbres y las tradiciones de una sociedad profundamente misógina. No hay un Corán amable y adaptado a los tiempos y otro mucho más severo con sus féminas. Hay únicamente un único libro donde se recogen las palabras de un Dios, Alá, cuya voluntad y normas chocan frontalmente contra el más elemental de los requisitos convencionalmente establecidos por los humanos para homologar una democracia: la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. No ignoro, desde luego, que incluso ese texto puede ser objeto de interpretaciones contrapuestas. Los ulemas o doctores de la ley mantienen a menudo pareceres diferentes acerca del sentido recto que debe darse a determinados párrafos del libro sagrado. Existe, asimismo, la posibilidad de pasar por alto algunos de sus epígrafes para adaptar el mensaje divino a los requerimientos democráticos, del mismo modo que puede precisarse en una Constitución que la Sharia es la fuente jurídica primera y no aplicar después muchos de sus preceptos para no entrar en conflicto con ciertos valores sociales modernos o con lo que hoy entenderíamos por sentido común. Claro que cuando así se actúa se está, por así decirlo, jugando sucio.
 
El problema de ciertos estados orientales no es que reconozcan formalmente la superioridad legal de las verdades reveladas en el Corán, sino que incorporen a su ordenamiento jurídico los preceptos mediante los que Alá trató de regular la vida de una sociedad de beduinos que habitó en el desierto hace mil cuatrocientos años. E Irán, por supuesto, es uno de esos países donde es frecuente saltarse a la torera en el nombre de Dios las más elementales convenciones acerca de lo que debería ser la convivencia humana. En Urmia, sin ir más lejos, fueron lapidadas dos jóvenes en octubre de 1997 por adulterio. Naturalmente, resulta más sencillo e incluso pragmático atribuir estas brutalidades a la costumbre social que atacar frontalmente el corazón de una religión. Y eso es, de hecho, lo que hizo Ebadi, la premio Nobel de la Paz, para justificar su disconformidad con el trato que se dispensa a la mujer persa. Como bien sabe Rushdie, por blasfemias mucho más inocentes se han dictado fatwas y condenas a muerte de alcance transnacional.
 
Así que, en general, cuanto pueden hacer las iraníes es esperar a que lleguen mejores tiempos y soportar mientras tanto estoicamente las prescripciones religiosas fingiendo, si es preciso, que es un auténtico placer acatar las normas patrias.
 
© Ferran Barber / 2006 / Este artículo forma parte del libro En busca de los últimos cristianos de Irak e Irán, Barrabés Editorial, Ferran Barber (2006).

FERRAN BARBER
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Assyria \ã-'sir-é-ä\ n (1998)   1:  an ancient empire of Ashur   2:  a democratic state in Bet-Nahren, Assyria (northern Iraq, northwestern Iran, southeastern Turkey and eastern Syria.)   3:  a democratic state that fosters the social and political rights to all of its inhabitants irrespective of their religion, race, or gender   4:  a democratic state that believes in the freedom of religion, conscience, language, education and culture in faithfulness to the principles of the United Nations Charter — Atour synonym

Ethnicity, Religion, Language
» Israeli, Jewish, Hebrew
» Assyrian, Christian, Aramaic
» Saudi Arabian, Muslim, Arabic
Assyrian \ã-'sir-é-an\ adj or n (1998)   1:  descendants of the ancient empire of Ashur   2:  the Assyrians, although representing but one single nation as the direct heirs of the ancient Assyrian Empire, are now doctrinally divided, inter sese, into five principle ecclesiastically designated religious sects with their corresponding hierarchies and distinct church governments, namely, Church of the East, Chaldean, Maronite, Syriac Orthodox and Syriac Catholic.  These formal divisions had their origin in the 5th century of the Christian Era.  No one can coherently understand the Assyrians as a whole until he can distinguish that which is religion or church from that which is nation -- a matter which is particularly difficult for the people from the western world to understand; for in the East, by force of circumstances beyond their control, religion has been made, from time immemorial, virtually into a criterion of nationality.   3:  the Assyrians have been referred to as Aramaean, Aramaye, Ashuraya, Ashureen, Ashuri, Ashuroyo, Assyrio-Chaldean, Aturaya, Chaldean, Chaldo, ChaldoAssyrian, ChaldoAssyrio, Jacobite, Kaldany, Kaldu, Kasdu, Malabar, Maronite, Maronaya, Nestorian, Nestornaye, Oromoye, Suraya, Syriac, Syrian, Syriani, Suryoye, Suryoyo and Telkeffee. — Assyrianism verb

Aramaic \ar-é-'máik\ n (1998)   1:  a Semitic language which became the lingua franca of the Middle East during the ancient Assyrian empire.   2:  has been referred to as Neo-Aramaic, Neo-Syriac, Classical Syriac, Syriac, Suryoyo, Swadaya and Turoyo.

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