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Member: Dec-21-2012
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Los asirios de Hakari y Tur Abdin / The Assyrian from Hakkari and Tur Abdin

Dec-23-2012 at 12:54 PM (UTC+3 Nineveh, Assyria)

De Ferran Barber en ASIRIOS en ESPAÑA y AMÉRICA LATINA (Archivos) · 

El monje sueco Stefan Fidan, en el interior del monasterio de Deirulzafaran. / Autor de la fotografía: Ferran Barber

Para entender el modo en que se produjo el holocausto asirio no está de más tener en cuenta que los cristianos caldeo-asirios se hallaban divididos en dos grupos diferentes antes de que les estallara la contienda: los rayas o sumisos y los ashiret o montañeses. Los primeros malvivían junto a persas, kurdos u otomanos como protegidos del Islam en la Anatolia Oriental, el norte de Mesopotamia y el noroeste de Persia, hoy Irán. Ni las masacres ni las vejaciones eran nuevas para ellos cuando la guerra dio comienzo.
 
Por el contrario, sus hermanos ashiret disfrutaban en la práctica de entera independencia al resguardo de las inexpugnables montañas de Hakari, provincia turca limítrofe con Irak. Cada una de sus tribus estaba gobernada al más puro estilo feudal por un jefe o malek cuya autoridad suprema era el patriarca Mar Benjamín Simon XXI, cabeza universal de la Iglesia del Este, con sede entonces en Kochatnes. Casi setecientos años antes de que los maquis kurdos del PKK se sirvieran de los riscos y gargantas de Hakari para zafarse del Komando, estos clanes cristianos ya habían sentado sus reales en la zona huyendo de la crueldad de Tamerlán y los mongoles.
 
Rayas y ashirets vieron en la Gran Guerra una oportunidad histórica para liberarse del yugo otomano–musulmán y hacerse con un hueco entre las naciones libres. Como consecuencia de ese sueño, unos y otros perdieron al grueso de los suyos, claro que en circunstancias, momentos y proporciones diferentes.
 
Por un lado, los rayas de la Anatolia fueron exterminados sin ofrecer apenas resistencia durante los primeros meses de 1915, el llamado Año de la Espada. Desde Diyarbakir a Mardin; desde Urfa a la Yazira, cayeron abatidos por millares a manos del ejército otomano y sus tropas auxiliares kurdas. Tan sólo en algunos enclaves de las montañas de Tur Abdin se encendieron pequeños focos de resistencia, a la postre apagados. Parecida suerte corrieron los sumisos asirios de Persia que no lograron o no quisieron contactar con las líneas rusas a finales del 14 y principios del 15. Decenas de sus aldeas fueron destruidas al paso de la soldadesca turca que hostigaba al ejército zarista mientras este se batía en retirada.
 
A diferencia de ellos, los montañeses de Hakari apenas vacilaron en tomar las armas para defender lo que el historiador Joseph Alichoran llamó en su día «libertad cuasi salvaje». Cualquier cosa era mejor que aguardar a que los kurdos los diezmaran, así que resolvieron combatir en solitario al enemigo turco-musulmán. Tras luchar durante meses con desiguales resultados, partieron hacia Persia en busca de los rusos zaristas. Ya nunca más volvieron a su patria. Cuantos quedaron atrás acabaron, salvo excepciones, abonando el manto vegetal de las montañas.
 
Una vez alcanzaron las líneas de las tropas zaristas con su patriarca a la cabeza, los aguerridos asirhet fueron reorganizados por oficiales blancos y lucharon bravamente varios meses contra los jefes o aghas kurdos que se batían del lado de los turcos. Fue durante aquel periodo cuando el comandante asirio Petros terminó por convertirse en un guerrero legendario cuyas fotos cuelgan hoy de las paredes de miles de cristianos. En aquella época también, cayó abatido por disparos el patriarca que encabezó la rebelión, Mar Benjamín Simón XXI. Con su heredero, IShaï Simón, se encontraría en Chipre años después Robert Byron. Claro que ésa es otra historia: la de su viaje a Oxiana.
 
En octubre de 1917, los rusos abandonaron el frente en desbandada tras saber de la revolución bolchevique. Y una vez más, los asirios que junto a ellos se habían concentrado se vieron obligados a escapar de los cuchillos persas y otomanos para unirse, esta vez, a los británicos. En su marcha hacia Irak, la comitiva de cristianos dejó sembradas las cunetas de cadáveres. Los varones que lograron alcanzar las líneas aliadas combatieron junto a los ingleses hasta el final de la contienda, alentados en parte por las vagas promesas de un futuro territorio propio.
 
Cuando terminó el conflicto, dos de cada tres asirios turcos habían perecido, lo que, en opinión de algunos, sólo puede explicarse si se da por supuesto que el triunvirato que regía su país se sumó a la Gran Guerra con el ánimo de asesinar impunemente a todos los cristianos bajo el paraguas de sus intereses nacionales y de una yihad en toda regla. Noventa años después de aquellos sucesos, el Gobierno turco sigue empeñado en negar el genocidio. De acuerdo a su versión de lo ocurrido, los cristianos traicionaron a su país al unirse a los aliados y fueron, en consecuencia, combatidos en el contexto de una guerra civil que, como todos los conflictos intestinos, se cobró la vida de víctimas colaterales, entre las que, claro está, también había armenios y griegos ortodoxos.
 
En favor de las tesis asirias es preciso recordar que tiempo antes de que los otomanos entraran en la guerra del lado de alemanes y austro-húngaros, el Comité de los Jóvenes Turcos ya había manifestado su deseo de turquificar el territorio para arrancar de raíz sus «elementos extranjeros». Además, la mayor parte de las víctimas de este holocausto asirio fueron brutalmente asesinadas fuera de la zona de guerra y no en el fragor de la batalla o luchando en buena lid. Centenares de documentos prueban, por último, que la estrategia de exterminio empleada por los turcos cumple con todos los requisitos que el derecho internacional exige para tipificar en puridad de genocidio los crímenes contra un pueblo. Nadie duda, a este respecto, que las matanzas se perpetraron con método y sistema; con el mismo método, de hecho, que se usó para exterminar a los armenios.
 
Empezaron por separar a los cristianos que prestaban servicio en el ejército del resto de soldados. Algunos fueron enviados a batallones de trabajo, donde perdieron la vida por inanición o enfermedades. Otros fueron directamente asesinados. Se les obligaba a caminar por carreteras aisladas donde eran emboscados por irregulares kurdos a quienes se había encomendado la misión de darles muerte. Miles de personas acabaron de ese modo.
 
Inmediatamente después, el Gobierno les prohibió la posesión de armas y asesinó de forma selectiva a sus líderes e intelectuales. Desarmados y sin sus mejores hombres, había llegado el momento de visitar los pueblos y acabar con sus humildes aldeanos. De entrada, pusieron término a la vida de no pocos varones en edad de pelear. Después, reunieron a niños, viejos y mujeres y se les deportó a punta de bayoneta. Las marchas que emprendieron terminaron convertidas en caravanas de la muerte: camino del exilio y de los campos de concentración fallecieron decenas de millares más a causa de enfermedades o hambre, cuando no ametrallados por kurdos y otomanos.
 
Un centenar y medio de iglesias y monasterios siriaco-ortodoxos y varias decenas de templos caldeos y asirios fueron destruidos durante aquellos años de ignominia. Muchos de sus sacerdotes cayeron junto a ellos. En diciembre de 1916, el New York Times informaba en un artículo de que el patriarca jacobita Mor Ignatius Abdula II había sido asesinado por un grupo de turcos. No se respetó a casi nadie y casi nada. Gracias a las gestiones de otro patriarca, Mar Joseph Emmanuel II Tomas, y a la ayuda del Gobierno francés y el Vaticano, la mayoría de los caldeo-asirios que vivían en el vilayet otomano de Mosul se salvaron por los pelos. A última hora, se concedieron igualmente perdones oficiales a comunidades siriaco-ortodoxas de Diyarbakir y Mardin. Pero para entonces, el grueso de sus habitantes yacían bajo tierra.

¿Qué indujo a los asesinos a organizar el holocausto? Si los armenios amenazaban la unidad nacional, los asirios desafiaban sus deseos de construir una nación sin fisuras étnicas ni religiosas. La respuesta a las aspiraciones nacionales de los cristianos en su conjunto, mucho más endebles y menos generalizadas en el caso de los asirios, fue una siniestra política de exterminio que cosechó notables triunfos. De su sangrienta reacción puede inferirse, por absurdo que parezca, que los turcos esperaban una fidelidad ciega de aquellos a quienes venían subyugando.
 
El via crucis de los asirios no terminó tras el final de la contienda y el posterior hundimiento del imperio otomano. La llegada al poder del también ultranacionalista Mustafá Kemal vino acompañada en 1919 de una nueva oleada de crímenes. Una vez más, actuaban en nombre de la pureza de una raza que en verdad sólo existía en las mentes de los panturianistas. Bajo las ordenes de Ataturk, se llevaron a cabo nuevas purgas en 1924 de las que los asirios no salieron incólumes.

La estocada final fue la firma del tratado de Losana, que no sólo les privó del pedazo propio de Mesopotamia que esperaban obtener de la Sociedad de Naciones, sino que los abandonó a merced de sus verdugos: los pocos asirios que no fueron eliminados o forzados a exiliarse durante el Año de la espada y los que le siguieron, se vieron obligados a vivir en la posguerra entre sus propios asesinos. Oficialmente, la República iba a convertirlos en turco-semitas, del mismo modo que los kurdos estaban a punto de transformarse en turcos de las montañas. Unos y otros eran ahora escoria en el cedazo ensangrentado de Mustafá Kemal, a juicio de muchos, un bastardo todavía celebrado.
 
Para hacernos una idea precisa de las dimensiones de la tragedia y de sus secuelas ulteriores, baste decir que la población cristiana, excluidos armenios y griegos, no alcanzaba ya a principios de los veinte ni los 200.000 habitantes; en 1950, se había reducido a 50.000 y hoy no pasa en todo el país de 5.000, de los cuales entre 3.000 y 3.500 viven dispersos por las tierras del sureste y el resto, refugiados en Estambul y otras ciudades. Se encuentran, definitivamente, en vías de extinción a causa, por un lado, del genocidio del que fueron víctima y, por otro, del acoso al que se han visto sometidos... ¡hasta el mismo día de hoy! Durante los últimos lustros, al menos veinte jóvenes asirias han sido violadas; otras muchas han sido arrancadas de sus casas y forzadas a casarse con sus raptores kurdos, lo que a su vez les ha exigido mudar de religión. Se hallan documentados también varios asesinatos de caldeo-asirios cometidos con total impunidad, así como robos de tierras y ajustes de cuentas... El grueso de las haciendas de los asesinados y emigrados ha ido a parar a familias kurdas.
 
La guinda final de esta aciaga historia de martirios fue la guerra que estalló a inicios de los noventa entre la milicia independentista kurda del PKK y el ejército de Ankara. Muchos de los que se resistían a partir hacia Occidente pese a las adversidades precedentes, cayeron abatidos en el fuego cruzado durante esos años de bárbara violencia (en esto no hubo distinción de credo) o fueron empujados a malvivir en arrabales de miseria. Si los kurdos, directos implicados en el conflicto, pagaron un gravoso precio por esta insurrección, los cristianos asirios no quedaron al margen.
 
No pocos de los núcleos de población que el ejército arrasó o desalojó en los aledaños de Midyat, Silopi, Mardin y Nusaibin estaban parcial o mayoritariamente ocupados por ellos. Tampoco fueron pocos los cristianos a los que se despojó de su ciudadanía o a los que se arrestó bajo la acusación de colaboración con terroristas. Incluso uno de sus sacerdotes fue secuestrado y enterrado vivo por los mercenarios gubernamentales de Hezbola, formación radical islámica nacida al calor de las armas y los dólares de Ankara para combatir en la trastienda a los ateos kurdos del PKK. El cura sepultado, Melke Tok, consiguió escapar de los fanáticos milagrosamente después de haber sido invitado sin éxito a repudiar a Cristo. ¿Había, en tal caso, algo de extraño en el hecho de que en Tur Abdin halla más iglesias que cristianos vivos?

© Ferran Barber / 2006 / Este artículo forma parte del libro En busca de los últimos cristianos de Irak e Irán, Barrabés Editorial, Ferran Barber (2006).

FERRAN BARBER
ferranlikesyou@gmail.com

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Assyria \ã-'sir-é-ä\ n (1998)   1:  an ancient empire of Ashur   2:  a democratic state in Bet-Nahren, Assyria (northern Iraq, northwestern Iran, southeastern Turkey and eastern Syria.)   3:  a democratic state that fosters the social and political rights to all of its inhabitants irrespective of their religion, race, or gender   4:  a democratic state that believes in the freedom of religion, conscience, language, education and culture in faithfulness to the principles of the United Nations Charter — Atour synonym

Ethnicity, Religion, Language
» Israeli, Jewish, Hebrew
» Assyrian, Christian, Aramaic
» Saudi Arabian, Muslim, Arabic
Assyrian \ã-'sir-é-an\ adj or n (1998)   1:  descendants of the ancient empire of Ashur   2:  the Assyrians, although representing but one single nation as the direct heirs of the ancient Assyrian Empire, are now doctrinally divided, inter sese, into five principle ecclesiastically designated religious sects with their corresponding hierarchies and distinct church governments, namely, Church of the East, Chaldean, Maronite, Syriac Orthodox and Syriac Catholic.  These formal divisions had their origin in the 5th century of the Christian Era.  No one can coherently understand the Assyrians as a whole until he can distinguish that which is religion or church from that which is nation -- a matter which is particularly difficult for the people from the western world to understand; for in the East, by force of circumstances beyond their control, religion has been made, from time immemorial, virtually into a criterion of nationality.   3:  the Assyrians have been referred to as Aramaean, Aramaye, Ashuraya, Ashureen, Ashuri, Ashuroyo, Assyrio-Chaldean, Aturaya, Chaldean, Chaldo, ChaldoAssyrian, ChaldoAssyrio, Jacobite, Kaldany, Kaldu, Kasdu, Malabar, Maronite, Maronaya, Nestorian, Nestornaye, Oromoye, Suraya, Syriac, Syrian, Syriani, Suryoye, Suryoyo and Telkeffee. — Assyrianism verb

Aramaic \ar-é-'máik\ n (1998)   1:  a Semitic language which became the lingua franca of the Middle East during the ancient Assyrian empire.   2:  has been referred to as Neo-Aramaic, Neo-Syriac, Classical Syriac, Syriac, Suryoyo, Swadaya and Turoyo.

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